Lost in Traslation

Acabo de ver Lost in Traslation en el DVD. Me encantan este tipo de películas “pequeñas”. O que, al menos, tienen la intención de serlo aunque, en realidad, vengan con una gran producción detrás.

Me vienen a la memoria todas aquellas amistades “flash” que me han surgido, generalmente, en viajes (unas veces de compromiso, otras no tanto), y muchas veces en situaciones en las que, de una u otra forma, me he sentido perdido. Llamo amistades “flash” a encuentros casuales con gente con la que ha surgido una cierta complicidad, y que difícilmente podrían repetirse o, simplemente, resultaría prácticamente imposible. Han sido momentos, a veces, de tan sólo unas horas, otras de varios días, pero en los que me he encontrado muy a gusto y he percibido que existía esa sensación mutua.

De algunas de estas amistades no recuerdo su nombre, por lo que no voy a poner ninguno y así se hará justicia a todos. El primero que me viene a la mente es ese chico sueco que me encontré en Belfort y que me libró de unos días de auténtico aburrimiento (y de vergüenza por mi inexperiencia). Junto con un compatriota suyo y otro yugoslavo (entonces lo era, y sufría junto a los demás compatriotas el bloqueo de la UE; ahora quizás sea esloveno o croata) alquilamos un coche y recorrimos algunos lugares de la Alsacia francesa. Por cierto, el vino que compré (no recuerdo muy bien, pero probablemente era riesling) era espantoso.

También recuerdo a la catalana, que aún debe estar trabajando en Barcelona. Nos encontramos en Phoenix, Arizona y compartimos (junto a los zaragozanos, el catalán y el otro valenciano, todo hay que decirlo) unos días espléndidos, alguna que otra cerveza y un conocimiento mediocre del inglés. La excursión al cañón del Colorado fue magnífica: siempre la recordaré, aunque no guarde fotos del momento. Ella sí debe tener alguna, seguro.

La tercera es aquella chica de nacionalidad norteamericana, pero de padres (o sólo madre) ecuatoriana, si no recuerdo mal. Compartimos taxi desde el casino-hotel en el que estábamos en Sithonia, en la península de Halkidiki (o Chalkidiki) hasta el aeropuerto de Tesalónica. Fue “nuestro” momento íntimo, pues varios días anteriores los tuvimos que compartir con mi amigo catalán y aquellos mexicanos tan simpáticos. Recuerdo que tenía un novio iraní (o al menos de origen) que profesaba la religión musulmana. Me pregunto qué habrá sido de ambos. Si la volviera a ver le confesaría que la pérdida de mi avión no fue culpa de Olympic Airways, sino que fue un despiste mío (me fui un día después de cuando tenía reservado el vuelo).

Pocas semanas después disfruté de unos días muy interesantes en Nantes junto algunos compañeros de trabajo. Sin embargo, de quién más me acuerdo es de la mujer de uno de ellos. Alquilamos todos un coche y estuvimos en Saint-Maló, el Mont Saint-Michel y en las playas de Normandía (nunca recordaré si en Omaha, Utah o qué sé yo). Los mejillones “a volonté” con patatas fue lo que más me llamó la atención.

Hubo de pasar mucho tiempo hasta encontrar otra amistad “flash”. Fue en Chiang Mai, durante el transcurso de una excursión de dos días y una noche por la jungla de un parque nacional cercano. Era una pareja norteamericana, pero ella es de origen nicaragüense. Recuerdo todo lo que anduvimos, los manantiales de aguas termales donde cocíamos huevos, la cabaña del poblado karen donde cenamos y dormimos en el suelo (acolchados sólo por una manta), el rafting sobre balsas de bambú, el recorrido sobre elefantes… Agotador, pero inolvidable. Unos días después los encontramos de casualidad por las calles de Chiang Mai. Era el año nuevo thai (songkran) y nosotros participábamos en la batalla de agua sobre un pick-up atiborrado de huéspedes del C&C Teak House, totalmente empapados. Ellos disfrutaban de la caótica procesión en la terraza de un bar. Nos vieron, y nos hicieron alguna foto. Varios días después los volvimos a ver en mi paraíso particular: Koh Phi Phi. Compartimos unas cervezas a la orilla de la playa, oyendo chill-out y nos prometimos enviarnos fotos. Siempre quise verme de nuevo subido al pick-up totalmente empapado, pero jamás volvimos a tener contacto.

La última amistad “flash” que he tenido ha sido en Mauricio. Él, un zaragozano que se fue de “erasmus” a Helsinki y se quedó a trabajar allí. Ella, una rusa que también estudia allí, que se casó con él y que domina el castellano de forma envidiable. Aparte de compartir alguna cena y paseo en Port Louis, me presté el último día a darles una vuelta en mi Hyundai alquilado, hasta la hora de partir de vuelta en avión. Estuvimos en el jardín botánico de Pamplemousse, visitamos algunas playas del norte, como Pereybere (les encantó, aunque si hubieramos ido a Belle Mare se hubiesen extasiado) y Mont Choisy, y nos hicimos compañía hasta la salida hacia Paris.

Bueno, estos son los encuentros que me han venido más rápidamente a la memoria. Como ya he dicho, generalmente han estado asociados a estados de “pérdida”, de una u otra forma. La vida está llena de momentos como estos y creo que, gracias a la película, he aprendido que es bueno tenerlos en mente, pues han formado parte de tu vida. Por tanto, eres lo que eres, en parte, por lo que sucedió.

Lost in Traslation
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