Las tres Españas

Siempre se ha hablado de “las dos Españas”. Una tradicional, basada en valores familiares, conservadora en todos los sentidos, y con un profundo sentido de la libertad individual, al menos en los aspectos más relacionados con la economía. La otra más dada al progreso, como quiera que se entienda la palabra, con una visión más social de la vida, y con valores más cercanos a palabras como paz y solidaridad.

Como veis, tal y como están presentadas, no cabe ningún reproche a ninguna de las dos formas de entender la vida. El problema aparece cuando, para defender los valores propios, se atacan los del contrario. O, mejor dicho, cuando necesariamente se busca un contrario. Cuando el sentido de la existencia se basa únicamente en la presencia de un adversario al que derrotar. Cuando valores defendidos por unos, que no son prioritarios para otros, se convierten en objetivos contra los que luchar por parte de estos últimos. Y cuando algunos pretenden exclusivizar ciertos valores sólo para aquellos los que piensan como ellos, obligándoles, además, a adoptar muchos otros principios e ideas que se presuponen asociados.

Pero siempre se suele omitir que esas dos Españas no son mayoría. Que la mayoría es la llamada “tercera España”. Con gente que, perfectamente, puede pensar que la libertad individual no está reñida con un principio de solidaridad, o que se pueden tener sentimientos familiares o religiosos y, al mismo tiempo, defender la paz y el progreso, por poner dos ejemplos evidentes.

El error de muchos políticos (para mí, un político es un gestor, o aspirante a gestor de lo público) es pretender defender su labor gestora (o su forma de entender la gestión de lo público) buscando el apoyo, o mimetizándose, con alguna de las dos Españas minoritarias. Se olvidan que, aunque hay gente que prefiere no votar antes de cambiar de voto (como si cambiar de voto fuera como cambiar de brazo), en realidad, a nadie le inscriben en el censo con un voto ya preconcebido. Afortunadamente.

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