Junio depresivo en la Universidad

No, no voy a hablar desde el punto de vista del alumnado. Sino desde mi punto de vista: el del profesor.

Este mes de junio es de exámenes para todos: para los alumnos… pero también para nosotros. Hay mucha gente que esto no lo acaba de entender (incluso tengo compañeros que esto no lo comparten), pero yo, personalmente, me siento examinado cada mes de junio (y luego después en septiembre, pero con el descanso estival por medio), en el reflejo de los exámenes realizados por mis propios alumnos.

Recuerdo hace unas semanas cómo me reía junto a mis alumnos del problema propuesto a los universitarios de ciencias e ingenierías en el Reino Unido. Venía a ser algo tan sencillo como aplicar el teorema de Pitágoras para el cálculo de una hipotenusa. A pesar de que les hacía gracia (como a mí) que allí no fueran capaces de resolver el problema, les advertí que casos similares se darían entre ellos mismos durante el examen final de la asignatura (no voy a entrar en detalles, pero, para calcular algunas probabilidades de error en comunicaciones digitales, hay que aplicar un sencillo cálculo trigonométrico que, muchas veces, puede resolverse directamente por Pitágoras). Efectivamente, hoy, corrigiendo los exámenes, he detectado algunos errores similares. A pesar de la tristeza que eso supone, tal y como advertí a mis alumnos, lo esperaba (podría llegar a achacarse a un excesivo nerviosismo durante la resolución). Así que no es eso precisamente lo que me ha deprimido hoy.

El problema ha estado en otra parte del examen. Era algo, a mi parecer, bastante sencillo. Había que calcular cuatro valores (cuatro probabilidades): en total sumaban uno, y dos de ellas valían la tercera parte de las otras dos. No era nada realmente importante, pero era necesario para completar la solución del problema. Pues bien, ya incluso durante el examen, me ha preguntado demasiada gente sobre cómo obtener esos valores. No daba crédito a lo que oía. He tenido que, de viva voz, poner un ejemplo similar: dos parejas van a cenar y las chicas pagan la tercera parte que los chicos (sí, ya sé, el ejemplo no era muy afortunado), y el precio final es un euro. ¿Cuánto paga cada uno?

Hoy he comprobado que mucha gente no me ha resuelto bien esa parte del problema. ¿Qué hacer ante esto? El cómo resolver el problema no es algo que se enseñe (ni que se tenga que enseñar) en la Universidad. Ni siquiera es algo que se enseñe en la EGB (o como demonios se llame ahora), o alguna vez en la vida. Es algo que deberíamos saber resolver todos los que, con estudios o sin ellos, tengamos un mínimo de manejo con los números (las cuatro reglas, vaya; incluso con los dedos me valdría), simplemente pensando un poco. ¿Cómo puedo pretender enseñar conceptos abstractos y ciertamente complejos de una carrera técnica, si el cliente se niega a pensar (o tiene pereza: no me caben más explicaciones)?

Luego te das cuenta que hay alguien (siempre hay uno o dos cada año) que me hace el examen perfecto: un diez redondo y sin fisuras. Y, entonces, si me pongo a pensar, aún me deprimo más: ¿hasta qué nivel podría haber llegado en clase si me hubiese dirigido exclusivamente a este tipo de personas? Pero, afortunadamente, se me pasa enseguida ese ramalazo elitista, porque me reconforta saber que todos los que aprueben, sin excepción, se habrán llevado impreso cierto barniz, aunque sea ligero, con algo del conocimiento que pretendo impartir cada año.

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